sábado, 30 de junio de 2012
La política o la teatralización de la realidad
Michel Foucault concebía la política como la continuación de la guerra por otros medios, y los procesos electorales de los regímenes democráticos corroboran puntualmente la exactitud de esta conceptualización. Desde esta perspectiva, las legislaciones electorales son tanto la materialización de las relaciones de fuerza entre los actores políticos, como una forma de regular las relaciones de poder y el choque belicoso entre partidos políticos, sin anular el cariz bélico-discursivo de las confrontaciones.
En esta compleja vorágine de luchas por el poder político, de enfrentamientos, ataques y forcejeos retóricos, con su visceral lógica de guerra de baja intensidad, los partidos políticos buscan implementar su proyecto político-ideológico de gobierno y de acuerdo a las reglas del juego democrático, los actores políticos recurren a diversas estrategias y tácticas sobre el uso y control de datos, sobre el manejo de los aparatos que los procesan para convertirlos en información y, eventualmente, en comunicación social (como el caso de la propaganda política) para informar, persuadir, difundir, y en casos extremos, para seducir y manipular a los ciudadanos tanto en procesos electorales, como en la implementación de políticas públicas impopulares que pudieran generan descontento social o movimientos de protesta.
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jueves, 31 de mayo de 2012
El cigarro o el silencio de la expectativa narcótica
El demonio químico (liberado por el fuego), aún ausente enloquecerá al deseo, su inmaterialidad, tenaz y acechante, inundará la tortuosa espera de colmar el ansia, y las alas del humo (una vez liberado el demonio químico por el fuego) en su locura molecular sin freno, escaparán de la boca para entregarse a la corriente del aire del espacio y del tiempo moribundo.
Opresivamente, el paraíso denso de tabaco humeante, en su errático despliegue de silencio, despertará al súbito placer que camina a la velocidad aérea del humo en perpetuo exilio.
viernes, 17 de febrero de 2012
Libra o la desequilibrada teología de los secretos
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| Portada de la primera edición de 1988 |
Don Delillo, quien a fines de la última década del siglo XX se convertirá en una de las voces novelísticas más destacadas del planeta, ha publicado apenas un par de cuentos en revistas como Epoch o Esquire, mientras trabaja en agencias de publicidad.
22 de noviembre. Una bala perfora y hace estallar el cráneo del presidente John F. Kennedy a las 12:33 de un día soleado en la ciudad de Dallas. El siglo no sabía lo que era un magnicidio capturado en la cámara súper 8 de un ciudadno. La muerte ha quedado atrapada en vivo...
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http://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/95_96_dic_ene_2007/casa_del_tiempo_num95_96_86_89.pdf
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viernes, 20 de enero de 2012
Todas las almas o la dimensión de la mitad descartada de uno mismo.
¿Dice algo de nosotros mismos todo aquello que desechamos? ¿Qué expresa todo aquello de lo que nos desprendemos? ¿Todo lo que tiramos a la basura tiene algún significado más allá del acto empírico evidente? ¿Qué tipo de universo constituye esa profusión de partículas rotas que forman la mitad descartada de uno mismo?En la novela Todas las almas de Javier Marías, el personaje principal es un profesor universitario español que se encuentra de paso en la Universidad de Oxford impartiendo unos cursos sobre literatura hispana, es decir, en una especie de paréntesis existencial en la que se traduce toda estancia transitoria en algún territorio ajeno al de nuestro país de origen, y la trama general consiste en la narración de una serie de eventos anecdóticos sobre su permanencia de dos años en una ciudad pequeña, monótona, de tono grisáceo; una crónica pormenorizada del ritmo pausado y cotidiano que forman sus días; una solitaria cotidianidad del narrador que oscila entre los desencuentros y encuentros de una relación adultera, la impartición de sus clases, las largas y nutridas conversaciones con su compañeros profesores, y sus intensos recorridos y exploraciones por librarías de viejo.
El narrador emprende un ejercicio de la memoria por recobrar a aquel sujeto que dejo de ser en aquel pasado que ya muy poco le pertenece al sujeto que recuerda, y que -desde la distancia temporal que permite captar el recuerdo- ese pasado parece en realidad no haberlo vivido, a la distancia quedan pocas o nulas evidencias de haber sido aquel que fuimos. El yo que dejamos de ser intenta ser recuperado por la memoria, como ver a lo lejos una playa infestada de borrosos vestigios desgastados de un naufragio, cuyo fantasmal aspecto siembra la duda de su existencia.
En algún momento de ese memorioso flujo narrativo, el personaje se concentra en describir la presencia persistente del bote de basura de su pequeño departamento, porque en ese estado –según nos cuenta- de soledad en el extranjero es con lo único con lo que puede mantener “una relación constante, o, aún más, una relación de continuidad.” Cada bolsa de plástico nueva representa “la absoluta limpieza y la infinita posibilidad” y cuando comienza a usarla “es ya la inauguración o promesa del nuevo día: está todo por suceder.”
El bote de basura es tanto el testigo único de la jornada de un hombre solo, como el receptáculo donde lo prescindible deja constancia de su paso, “los restos de ese hombre a lo largo del día, su mitad descartada, lo que ha decidido no ser ni tomar para sí, el negativo de lo que ha comido, de lo que ha bebido, de lo que ha utilizado, de lo que ha comprado, de lo que ha producido y de lo que le ha llegado.”
Una vez saturado el bote de basura, su contenido es una amalgama confusa, “una mezcla indiscriminada de la cual, sin embargo, ese hombre no sólo conoce la explicación y el orden, sino que la propia e indiscriminada mezcla es el orden y la explicación del hombre.”
El bote de basura como prueba de la existencia del día que desfalleció, de la acumulación del día: “Es el único registro, la única constancia o fe del transcurrir de ese hombre, la única obra que ese hombre ha llevado a cabo verdaderamente. Son el hilo de la vida, también su reloj…”
Contemplar aquello que hemos desechado nos da “un sentido de la continuidad: su día está jalonado por sus visitas al cubo de la basura…y ahí ve el envase del yogurt de fruta que desayuno…” La infinita colección de las cosas que vamos desechando, y todo ese cúmulo de cosas descartadas, fusionadas se convierten “en el trazo perceptible –material y sólido- del dibujo de los días de la vida de un hombre.”
Arrojados al devenir, al transcurso irreversible de los minutos, de pocas cosas queda constancia sólida, del transcurso abstracto de los minutos del absurdo tiempo que se nos escapa y nosotros en su discurrir.
“Comprimir y clausurar la jornada” significa cerrar y anudar la bolsa de la basura y tirarla, clausurar el día consiste en “arrojar desechos y monturas, el acto de prescindir, el acto de seleccionar, el acto de discernir lo inútil. El resultado del discernimiento es esa obra que impone su propio término: cuando el cubo rebosa y está concluida, y entonces, pero sólo entonces, su contenido son desperdicios.”
La explicación de nosotros mismos vía lo que descartamos, lo que usamos y desechamos. La reflexión sobre uno mismo a partir de lo que ya no somos, la explicación del ser a partir del no ser, de lo que cesó de ser, y que no sin sorpresa, contemplamos como si nunca hubiera ocurrido.
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sábado, 3 de diciembre de 2011
CRASH O LA HIPERVIOLENTA ORGIA DE LAS COLISIONES DE LA CARNE CON OBJETOS TECNOLÓGICOS.
“Exploré las cicatrices de los muslos y los brazos, las deformaciones debajo
del pecho izquierdo, y ella a la vez exploraba las mías, descifrando juntos
estos códigos de una sexualidad que dos choques de autos
habían hecho posible.”
J.G. Ballard.
Envuelta por el aura estridente del escándalo mediático, blanco de las más duras y recalcitrantes críticas y condenas por parte de organizaciones encargadas de vigilar el imperio de las buenas costumbres humanas, en 1996 irrumpe al mundo la película Crash, basada en la novela del mismo nombre, escrita por el novelista de ciencia ficción británico J.G. Ballard y magistralmente dirigida por el canadiense David Cronenberg. Aunque estuvo nominada a la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes, sólo obtuvo el Premio Especial del Jurado. Esta película es una de las adaptaciones de la literatura al cine mejor logradas de la historia reciente, pues logra trasladar con genial crudeza y grosera elegancia la virulenta poesía de sus imágenes literarias al lenguaje cinematográfico.
La raíz del escándalo se localiza en que la novela explora las relaciones entre algunas prácticas sexuales consideradas como perversas, la tecnología y sus objetos, y al desafiar al sistema moral imperante a través del cual filtramos y construimos la realidad de las relaciones de uno mismo con nuestro cuerpo, con el sexo que éste encierra y con los demás, al presentar a un grupo de personajes que practican un obsesivo culto que vincula al sexo con los choques automovilísticos; la novela así, interpelaba al lector, lo enfrentaba con lo radicalmente otro respecto de sus impulsos eróticos, y lo incitaba a poner a prueba sus propios códigos de lo posible, de lo que puede y debe ser pensado como correcto/incorrecto, bello/feo, verdadero/falso, vida/muerte, llevando hasta sus márgenes al propio sistema de pensamiento occidental contemporáneo.
Publicada en 1973, la novela Crash, se inscribe en la larga y nutrida tradición de la literatura libertina occidental que llevara a sus extremos más crudos y seductores el Marques de Sade en el siglo XVIII, heredera a su vez de la explosión discursiva que se dio a propósito del sexo en los inicios de la Modernidad, el gran proceso de la puesta en discurso del sexo, que tiene una profunda tradición monástica y ascética, y su punto de emergencia en la pastoral cristiana, pero que el siglo XVII instauró como imposición socialmente generalizada: más que censura, incitación a hablar y producir discursos sobre el sexo; hasta llegar a la instalación del dispositivo de la sexualidad que hasta ahora nos rige.[1]
En el contexto del proyecto novelístico de J.G. Ballard, Crash se inscribe en la saga de novelas que inicia con La exhibición de atrocidades (1970), una especie de experimento literario refractario a las etiquetas simplistas que encierra todo el universo de sus preferencias estéticas; texto organizado de manera fragmentaria; multigenérico, collage poético sobre la cultura de masas, la hiperviolencia y el espectro de perversiones humanas engendradas por efecto de la tecnología, en cuyo clímax devastador yace rutilante la muerte.
Con el afán de darle un nuevo giro a la ciencia ficción y hacerlo evolucionar bajo una nueva propuesta estética, Ballard planteó explorar ya no la épica del espacio exterior que los escritores de ciencia ficción tradicional convirtieron en elemento básico del género, sino la esfera psicológica del espacio interior. [2] Este viraje del rumbo en la trayectoria de su proyecto literario, también implicaría explorar ya no el futuro lejano utilizado como marco escenográfico del espacio exterior (invadido de la ya clásica fauna de objetos canónicos de la ciencia ficción) sino el presente inmediato a través de la inmersión en el espacio interior. El espacio psicológico era la ruta que debía tomar la ciencia ficción para buscar la patología subyacente de la sociedad de consumo, el mundo de la televisión y el proyecto armamentista nuclear, etc.En esta etapa Ballard abandona el género de ciencia ficción tradicional y de ahí en adelante adoptará una especie de hiperrealismo fantástico o de ficción, caracterizado por lanzar la mirada al presente inmediato y al espacio interior, donde transita a la esfera de la ficción de las posibilidades (extremas) humanas, es decir, encarna la imaginación de lo que humanamente es posible, y que en los márgenes del extremo somos capaces de hacer; en este punto se consolida la deuda de Ballard con la herencia de Kafka: “El mundo kafkiano no se parece a ninguna realidad conocida, es una posibilidad extrema y no realizada del mundo humano. Es cierto que esa posibilidad se vislumbra detrás de nuestro mundo real y parece prefigurar nuestro porvenir. Por eso se habla de la dimensión profética de Kafka. Por que aunque sus novelas no tuvieran nada de profético no perdería su valor, por que captan una posibilidad de la existencia (posibilidad del hombre y de su mundo) y nos hace ver lo que somos y de los que somos capaces.”[3]
Crash es la cristalización consumada de estas inquietudes estéticas donde el fetichismo contemporáneo por los objetos de consumo, la tecnología (encarnada en los automóviles) y el sexo es llevado a sus extremos más abyectos, dice Ballard:
"Creo que la imagen clave del siglo XX es el hombre en el automóvil. Es la suma de todo: los elementos de velocidad, drama, agresión, la fusión de publicidad y bienes de consumo con el paisaje tecnológico. La sensación de violencia y deseo, poder y energía; la experiencia colectiva de desplazarse juntos a través de un paisaje elaboradamente cifrado (...), la extraña historia de amor con la máquina, con su propia muerte."
Esta novela canónica de la nueva ola de la ciencia ficción, representa una crítica contundente al supuesto racionalismo contra la violencia, la crueldad, los impulsos depredadores del ser humano; una confrontación contra la falsa aversión que los individuos manifiestan contra la violencia en la esfera de lo público mientras que en la esfera de lo privado muestran destellos de morbosidad y tolerancia no sólo con formas de entretenimiento sino para ejercer crueldad, violencia e incluso acciones de exterminio en contra de los demás.
La novela narra la relación del protagonista James Ballard[4] con Vaughan, antihéroe posmoderno, neolibertino tecnologizado regido por el culto a la sexualidad relacionada con los accidentes automovilísticos: carne erguida y abierta, metal retorcido y compactado. Fluidos combustibles y líquidos orgásmicos. Placer sin palabras, alcanzar el orgasmo en el momento en que se experimenta el dolor escandaloso del impacto de un automóvil contra otro. Placer y dolor, vida y muerte. Existencia y autoexterminio. (“En Vaughan la sexualidad y los choques de autos habían consumado un matrimonio último.”)
Para Ballard el papel del escritor es el del hombre de ciencia en un safari o dentro de un laboratorio que se enfrenta a una realidad absolutamente impenetrable y la única alternativa posible es plantear hipótesis y confrontarlas con los hechos: “¿Es lícito ver en los accidentes de automóvil un siniestro presagio de una boda de pesadilla entre la tecnología y el sexo? ¿la tecnología moderna llegará a proporcionarnos unos instrumentos hasta ahora inconcebibles para que exploremos nuestra propia psicopatología?”[5] Antes de escribir la novela, en el Laboratorio de Nuevas Ates de Londres, Ballard puso a prueba su hipótesis sobre los vínculos inconscientes entre sexo y los accidentes de coches con una exhibición de vehículos estrellados. Los resultados del montaje tuvieron un siniestro brillo apabullante: La noche de la inauguración les derramaron vino, les rompieron las ventanillas y una mujer que entrevistaba a los asistentes en topless afirmó que estuvo a punto de ser violada en el asiento trasero de uno de los automóviles. Expuestos como esculturas de derecho propio, los coches chocados estuvieron expuestos durante un mes, y en ese lapso fueron continuamente agredidos, terminaron volteados y fueron objeto de rapiña.
Para Ballard, su novela era una metáfora extrema para una situación extrema, una novela apocalíptica de hoy que continuaba la serie de novelas de catástrofes naturales en las que se planteaba un cataclismo mundial; Crash no trata de una catástrofe imaginaria más o menos próxima a irrumpir, sino de un “cataclismo pandémico institucionalizado en todas las sociedades industriales, y que provoca cada año miles de muertos y millones de heridos.”[6]
El narrador da cuenta de la interacción con los otros personajes que integran una cofradía cuya obsesión por el sexo, las heridas, las cicatrices y los fluidos corporales es motivo para consolidar esa sacroliturgia de erotismo y tecnología automotriz en estado de colisión que aspira culminar en el cenit absoluto del autoexterminio.
Ballard pone en evidencia la microcatástrofe del accidente automovílistico que a todos nos corresponde, y cómo detrás de ese rito del caos pueden florecer los más intensos impulsos que se esconden en los intersticios de la conciencia racional (“…llegaba a imaginar un mundo víctima de una catástrofe automovilística simultánea, donde millones de autos se estrellaban fundiéndose en una cópula definitiva, coronada por una eyaculación de esperma y líquido refrigerante.”)
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| "Las superficies de cromo y celulosa relucían como la armadura de gala de una hueste de arcángeles." |
Los personajes de Crash, que orbitan en torno a la figura de Vanghan, son inmunes al apego a la vida, cultivan una especie de hedonismo sadiano en el que sólo parece importarles la búsqueda del máximo y último placer para impactarse con la muerte en el accidente automovilístico; han logrado materializar la transvaloración de los valores en ese paisaje de autopistas infestadas de tráfico y que proyectan los vestigios de una sexualidad futura o posible, potencializada por la tecnología. Sus aspiraciones son alcanzar su propia extinción al fusionarse con el metal del automóvil cuando el accidente los enfrenta, un choque de trayectorias, piensan en su inminente autodestrucción y en las infinitas variables de los accidentes a través de los cuales la alcanzan.
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| "Abrí la abrazadera de la pierna izquierda y pasé los dedos por el surco grabado en la piel. Blanda, tibia y estirada, la piel era allí más excitante que la membrana de una vagina." |
La prosa del narrador expresa el delirio lírico de un poeta, y la minucia obcecada de la locura de un médico experto en anatomía, y construye un festín de mórbida hiperrealidad erótico–fisiológica. El esmero que muestra la voz en primera persona para crear sus mórbidas imágenes poéticas es el de un taxidermista en su paciente y climático estado de trance. (“…estas heridas eran como las claves de una nueva sexualidad, nacida de una tecnología perversa. Las imágenes de estas heridas le colgaban en la galería de la mente como reses expuestas en un matadero.”)
A decir del propio J.G. Ballard, esta es “la primera novela pornográfica basada en la tecnología. En cierto sentido, la pornografía es la forma narrativa más interesante políticamente, pues muestra como nos manipulamos y nos explotamos los unos a los otros de la manera más compulsiva y despiadada.”[7]
Casi 40 años después, Crash mantiene una insospechada vigencia, y está en vías de consolidarse como una obra clásica de manera decisiva, no sólo por el insólito y genial planeamiento creativo de la idea novelística, sino por que el mundo que ahí planteaba como una disparatada prospectiva de nosotros mismos, hoy parece chocar menos con nuestros códigos estéticos y morales, el espanto y aversión nauseabunda parecen haber mermado, o nos parecen menos ajenas dichas disposiciones lúbricas de la carne y el obcecado culto a los objetos tecnológicos.
El sórdido presagio fascinante donde el goce sexual explota del choque entre las terminaciones nerviosas del cuerpo y los infinitos circuitos eléctricos de los sistemas tecnológicos, o de la fusión entre el cuerpo humano con sofisticadas formas de diseño industrial de máquinas ultrasofisticadas, el paisaje de los vestigios de una sexualidad futura que se postulaba entonces, parecen hoy brillar sin par, con un halo de sombrío resplandor, en mundo donde la normalidad del exterminio de rasgos atroces es el pan nuestro de cada día. Amén.
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[1] Historia de la sexualidad. La voluntad de saber, M. Foucault, Ed. Siglo XXI, 1991, México. p.25.
[2] “…ese dominio psicológico (y que aparece, por ejemplo en los cuadros surrealistas) donde el mundo exterior de la realidad y el mundo interior de la mente se encuentran y se funden.” Prologo a Crash, J.G. Ballard, Ed. Minotauro, 1979, Barcelona, p. 10.
[3] El arte de la novela, M. Kundera, Ed. Vuelta, México, 1988, p. 46.
[4] Un giño irónico del autor que narra en primera persona usando su nombre como si se tratara de un texto autobiográfico.
[5] Op. cit J.G. Ballard, p. 13.
[6] ibid. P. 14.
[7] Ibid.
viernes, 18 de noviembre de 2011
La vida de los otros, las dedicatorias de los libros
y el subrepticio impacto explosivo de su influjo en nuestras vidas.
Dedicado
al cansado naufragio
callado de tus signos.
La mayoría de las personas leemos las dedicatorias de los libros como un vano trámite, quizá porque pensamos que no tienen la sustancia suficiente para que sean dignas de darles un lugar destacado ya no digamos en el acervo privado de recuerdos literarios elegidos, sino en la más breve de nuestra memoria de corto plazo, y en no pocas ocasiones, pasamos la mirada por esas primeras páginas donde siempre se ubican, con la ansiosa prisa de llegar a los iniciales párrafos del texto principal, que ya no advertimos el contenido de la dedicatoria (en caso de que la tenga). Y si esto sucede es porque las dedicatorias son, en efecto, un gesto íntimo del autor, un suplemento sin el que la obra nunca ve afectada su existencia, un elemento accesorio que no le añade o resta ni calidad ni profundidad a la forma o al contenido; no es sabido que una dedicatoria le brinde o le arrebate fama o calidad a una obra literaria.
No obstante, por debajo de la superficie de las apariencias poseen un valor estético incuestionable.
Borges, por ejemplo, consideraba que las dedicatorias de los libros, por su carácter secreto, misterioso, tenían un lugar dentro de la serie de hechos inexplicables que nos gobiernan, a lado del universo o del tiempo, y luego aventuró a definirlas como un don, un regalo recíproco que, como todos los actos del universo, poseen un aura de inefable magia. También llegó a definirlas “como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre.” Las dedicatorias son eso: una serie de signos gráficos que construyen el nombre de una persona y que el escritor evoca en las páginas iniciales de la obra; el lector las pronuncia en cada lectura. Nuestro nombre nos coloca en calidad de fantasmas virtuales. Para Derrida, “un signo escrito, en el sentido corriente de esta palabra, es así, una marca que permanece, que no se agota en el presente de su inscripción y que puede dar lugar a una repetición en la ausencia y más allá de la presencia del sujeto empíricamente determinado que en un contexto dado la ha emitido o producido. Por ello se distingue, tradicionalmente al menos, la comunicación escrita de la comunicación oral…” Así, una dedicatoria implica la ausencia presente de la persona nombrada, es un signo de su presencia permanente, de su paso en nosotros, una pesada marca incesante que se queda ahí, no desaparece en la sola pronunciación del lector, y que regresa en cada lectura a perpetuidad.
El acto de pronunciar la dedicatoria es llevar la fuerza de la presencia física finita de alguien al espacio de su ausencia empírica infinita de la escritura. Además, la dedicatoria no es un mecanismo para mitigar esa no presencia actual, sino que, lejos de restarle peso a esa ausencia, la enfatiza de un modo decisivo.
La dedicatoria es una misteriosa forma de la evocación, de dejar la impronta del nombre de alguien en un objeto físico (un poco menos susceptible al olvido que un pensamiento efímero), dejar constancia de que quien detenta el nombre ocupa un lugar privilegiado en nuestra memoria a propósito del texto que simbólicamente se le obsequia. Se deja la huella en el mundo, la marca física de una emoción que alguna vez aleteó en nuestras interconexiones neuronales, le regalamos a la persona aludida la marca física de esa constancia. La presencia física como un eco enjaulado en la pronunciación escrita silenciosa de un nombre, evoca y suspende (aunque de manera parcial) una ausencia. La dedicatoria de un libro es materializar a un fantasma que durante todo el proceso de la escritura deambuló por las páginas, entre las intangibles hendiduras de las letras, es dejar huella de que se hace presente una ausencia. Es la invocación de una infatigable ausencia.
La persona aludida en el nombre pronunciado no forma parte del texto, pero esa exterioridad aparece como una especie de combustible misterioso para la configuración del libro, y es por ello que regalamos la obra, “el don del inaccesible tiempo en que se escribió y, lo que sin duda es menos íntimo, del mañana y del hoy”, dice Borges.
Mencionaré algunos ejemplos, respetando fielmente la disposición del texto de la dedicatoria en las páginas de los libros.
Están las que Nabokov siempre le regaló a su esposa, en todos sus libros, de un modo invariable, infatigable y rotundo:
“A Vera.”
Aquella de Carlos Fuentes de Geografía de la novela:
“A mi madre,
en el atardecer, en la aurora.”
“A Paco, que gustaba de mis relatos.” De Cortázar en Bestiario:
“Para Fay, Bea y Jim.” Milagros de vida de J.G. Ballard (autobiografía dedicada a sus tres hijos).
“A la memoria
de mi madre y de mi padre.” Submundo, Don Delillo.
“Dedicado a quien nunca
ha roto con nadie” De “Cosas que vuelan”, D. Coupland, La vida después de Dios.
Muchas veces son guiños clandestinos que sólo el autor conoce y que lanza al aire para que un receptor fantasmal pueda descifrarlos; en otras, no queda lugar a la duda sobre el destinatario, pero haya o no enigma producen curiosidad. Escuetas menciones de nombres como una alusión al tema tratado en el texto, un breve aleteo en la memoria y en el homenaje que se extiende hasta la pagina de un libro. Destacan las de Javier Marías en varias de sus novelas, pues encierran un enigma para el lector, y que manifiestan una grata y secreta complicidad entre el autor y el aludido:
“para Julia Altares
pese a Julia Altares
y a Lola Manera, de la Habana,
in memoriam”. En Corazón tan Blanco.
“Para Mercedes López-Ballesteros,
que me oyó la frase de Bakio
y me guardó las líneas ”. En Mañana en la batalla piensa en mí.
“para mi madre Lolita
que bien me ha conocido,
in memoriam;
y para mi hermano Julianín
que no llegó a conocerme,
y por tanto sin memoria” De Negra espalda del tiempo.
“Para Carmen López M,
que ha tenido la gentileza
de quererme seguir oyendo
pacientemente hasta el final”
Y para mi amigo Sir Peter Russell,
y mi padre, Julián Marías,
que generosamente me prestaron
buena parte de sus vidas,
“Para Mercedes López-Ballesteros,
por visitarme y contarme
Y para Carme López Mercader,
por seguir riendo a mi oído
y escuchándome”
De Los enamoramientos.
De Los enamoramientos.
Son un caso aparte las dedicatorias que son escritos personales (cartas postales, por ejemplo) deliberadamente presentados bajo la apariencia de textos literarios y que contienen un mensaje para que algún día, o nunca, llegue a su destinatario constantemente pensado por el autor, por que la intención es entrar en ese juego de las improbabilidades, como el cuento “Botella al mar” de Julio Cortázar, dedicado a la actriz británica Glenda Jackson.
Las dedicatorias, en su brevedad concisa, abarcan un universo que narra una historia, encierran secretos narrativos definidos por esa brevedad. Pero ¿qué historia subyace a las dedicatorias? Ese es el misterio al que se alude más arriba.
Un ejemplo inmejorable es la espléndida película La vida de los otros /Das Leben der Anderen (Florian Graf Henckel von Donnersmarck, Alemania, 2006) que transcurre en Berlin del Este, durante el ocaso de la República Democrática Alemana, y muestra el modo de operación de la STASI (Ministerio de Seguridad del Estado) o aparato de inteligencia del régimen socialista alemán. La película narra la manera en que el Ministro de Cultura encomienda al Capitán Gerd Weisler vigilar al dramaturgo Georg Dreyman, bajo sospecha de ser opositor al régimen. De esta manera el capitán Weisler a través del despliegue de una red de espionaje (micrófonos ocultos instalados en toda la casa del escritor, vigilancia de hábitos, horarios, rutinas) comienza a inmiscuirse en los detalles más nimios de la vida privada de Dreyman y de su pareja, la actriz Christa-Maria Sieland.
Conforme avanza el ominoso proceso de espionaje y crece la redacción de informes oficiales y secretos sobre la vida privada de la pareja, Weisler comienza a obtener información que suscitará la transformación de su conciencia, al contrastar su propia vida (hueca y rutinariamente gris) con la de la pareja (lúcida y apasionada), y al percatarse de los efectos que el régimen dictatorial provoca sobre los individuos: las razones reales para que el Ministro de Cultura ordenara vigilar a Dreyman (razones pasionales, simple y llanamente); el acoso sexual del Ministro de Cultura en contra de la actriz Christa-Maria; el suicidio de un amigo escritor de Dreyman, Albert Jerska, reprimido y relegado para el ejercicio de su profesión por razones de oposición al régimen.
La trama avanzará de tal modo que el vínculo oculto entre estos personajes llegará al nivel de que los informes que Weisler redacta sobre Dreyman serán totalmente ficticios, y uno le salve secretamente la vida al otro.
La película más allá de exponer el sistema de censura y persecución, de acoso y opresión, de la existencia nula de libertades básicas en un régimen socialista que asfixia y aniquila a los ciudadanos, en algún momento climático del film el espectador podrá sucumbir al asombro cuando advierte que, entre los incontables rasgos que la película nos hereda, destaca la certeza de que casi nunca le otorgamos el debido interés a las dedicatorias que algunos escritores imprimen en sus obras.
Las dedicatorias podrían ser, entonces, un signo indeleble del profundo efecto que la vida de los otros produce en la nuestra, y es posible que esa dedicatoria impacte en la vida de quien la inspiro y ahora puede leerla; a veces obviamos deliberadamente ese impacto de el otro en nuestra vida, y en otras somos totalmente inconscientes de que nuestra vida actual es producto de esa interconexión humana con otras personas. Pero es inevitable, hay diluidas ausencias que aspiramos a perpetuar con la estridente presencia del lenguaje, a compensar en la trémula brevedad de su evocación por escrito, a pesar de que con ello no merme nunca su insoportable vacío.
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lunes, 7 de noviembre de 2011
BLADE RUNNER: TIEMPO SUFICIENTE
“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales...”
“El Inmortal”, Jorge Luis Borges.
Una obra artística (literaria, cinematográfica, pictórica, fotográfica, musical) que ha sido elevada al rango de “clásica” se caracteriza por que ha logrado establecer (por infinitos motivos) una relación amatoria intensa con la intemporalidad y con la universalidad, logrando así abolir el destino de olvido que potencialmente guardan todas las creaciones humanas. Sobreponerse a la extinción, anular la impermanencia y trascender el ámbito local del espacio en que la obra aparece, son los rasgos del carácter clásico de una creación artística. Dada esa prolongada permanencia en el tiempo y su travesía por diversas latitudes del planeta es que las obras clásicas van acumulando elogios, críticas, interpretaciones, comentarios, estudios profundos, comentarios baladíes: de ellas ya se ha dicho todo y no menos que bastante.
¿Qué nos queda entonces por decir una vez que ya hemos sucumbido a su embrujo? ¿Qué es legítimo escribir ante una explosión discursiva en torno a obras clásicas que se hainstalado como una estructura monolítica ante nuestros vacilantes pensamientos? ¿Nuestra debilidad estética por la obra es reflexiva y auténtica, o sólo es producto de un contagio acrítico por parte del sistema cultural imperante? Italo Calvino en su espléndido Por qué leer a los clásicos (que en realidad se refiere a sus clásicos) sostiene: “Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.” Cuando el libro forma un resplandor de asombro y por tanto de fascinación, y se establece así un vínculo íntimo con quien lo lee, he ahí una obra clásica: “Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor.”
Ante un clásico lo que nos queda es precisamente eso, la confesión anecdótico-amorosa sobre la intensidad de la emoción estética, que describa los rasgos del latigazo a partir del cual se produjo nuestra particular fascinación, eso que el clásico nos dice de un modo inmejorable, y que nos lo dice como si hubiera intuido lo que nosotros pensábamos hace ya algún tiempo, y que nos robo las palabras precisas, o que no se podía haber dicho de una mejor manera, o que eso siempre lo habíamos sabido pero sin saberlo, y no teníamos manera de decirlo, o no habíamos encontrado las palabras, las imágenes, las notas musicales para expresarlo.
Voy a extrapolar esta tesis aplicable a la literatura, al universo del cine (que sin duda tiene un sustrato narrativo) para contar mi amorío cinematográfico con la película: Blade Runner (R.
Scott, 1982, EU.), un clásico contemporáneo de la cinematografía mundial (basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick) ese thriller crepuscular de ciencia ficción que plantea un futuro (la ciudad de Los Angeles en el año 2019) en el que la ingeniería genética ha logrado su obra más evolucionada: androides prácticamente idénticos a los humanos, imposible de diferenciarlos a simple vista; de estos organismos llamados réplicos o replicantes (manufacturados por la compañía Tyrell), destaca la clase denominada Nexus 6 (físicamente superiores en fuerza y destreza motora, pero muy semejantes en inteligencia a sus diseñadores) que fue utilizada para formar ejércitos de esclavos para la colonización de otros planetas. Debido a que existía la posibilidad de que desarrollaran emociones propias les dieron sólo 4 años de vida como medida precautoria. Tras una rebelión sangrienta, la presencia de los replicantes en la Tierra fue declarada ilegal, y para ubicar y eliminar a los replicantes fugitivos se crearon escuadrones policiacos de elite, llamados Blade Runner.
Si abordamos la película como una típica y efectista historia de acción policiaca futurista (ni típica y efectista remotamente lo es) el tema nodal de la trama sería la cacería de cuatro replicantes rebeldes que clandestinamente han ingresado a la Tierra, liderados por Roy Batty (un androide de arrebatos líricos que evocan sus gestas interestelares), por uno de los agentes Balde Runner más eficaces, Richard Deckard (un antihéroe solitario y taciturno que cumple con su deber no tanto con la convicción gloriosa del policía ejemplar, sino porque no tiene más opción; y que, una vez cumplida su misión con eficacia, termina por convertirse en un fugitivo al huir con una replicante ilegal de la cual se ha enamorado). Tampoco lo encontramos en ésta oscura (y hasta cierto punto perversa) historia de amor condenada al fracaso (¿cual no?) entre la replicante Rachel (de siniestra y cándida belleza, osilante entre lo artificial y lo natural) y Deckard.
El centro argumental de la trama se localiza en el motivo por el que los replicantes ingresan a la Tierra, a saber: la inquietante duda existencial sobre el tiempo de vida que tienen, es decir, la pesada certeza vital que les aqueja de saberse finitos. La conciencia sobre la muerte y el afán de sobrevivencia de los androides (como el combustible vital) que ha logrado aparecer, por evolución espontánea, en su estructura orgánico-artificial, es el eje por el que se despliega toda la trama y la parte más sobresaliente de la historia. Saturados de la duda sobre cuánto tiempo de vida les resta, y hambrientos de sobrevivir, los impasibles replicantes emprenden su épica de indagación existencialista, y sus pesquisas les van dando pistas que los llevaran a enfrentar a su creador, el Dr. Tyrell (el Dios Padre de la biomecánica) al que le exigirían más tiempo de vida.
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| Roy Batty al borde de la muerte |
Los replicantes son prófugos por partida doble: de la ley que prohíbe su estancia en la Tierra, pero sobre todo, de la ley natural que no les permite vivir más de cuatro años; son los
típicos inconformes y transgresores de la ley, cuyo castigo será la condena inevitable de su eliminación o retiro (el eufemismo políticamente correcto que con total ironía se usa en el filme para describir que hay que acabar con su vida). Los androides fugitivos buscan llegar a su creador para reclamar más tiempo de vida, lo que profundamente revela que no son más que precarias entidades orgánico-artificiales ávidas de inmortalidad.
Deckard los persigue, debe matarlos, y también lucha por sobrevivir, pues conoce el instinto letal de los replicantes. Ellos huyen, quieren llegar a Tyrell y exigir más tiempo de vida, y matar si algo se interpone a sus apremiantes afanes. La película es una epopeya opaca (el aura de desencanto brilla en una atmósfera de infatigable crepúsculo y lluvia que nunca cesa) sobre la supervivencia, poblada de seres marginales y solitarios y desprovista de héroes. Poema visual, de oscuridad centellante, sobre la vida y la muerte y su enfrentamiento como la pulsación capital de los seres orgánicos. El cazador (Deckard, Roy Batty) y la presa (los replicantes y Dr. Tyrell), la persecución y la lucha se desarrollan por debajo de la luz pública, aunque la población aparezca como un decorado atareado e indiferente; un duelo clandestino relegado al submundo donde se libran las batallas cotidianas entre las fuerzas del orden y los enemigos del Estado, un Estado policiaco-tecnológico-corporativo que impone su derecho de vida y muerte de un modo absoluto, en un planeta Tierra que se ha convertido en una zona marginal, hiperpolusionada y las colonias paradisiacas del espacio exterior marcan el inicio de otra vida. Blade Runner es una saga de la certeza de la finitud tanto de lo natural como de lo artificial como motor de la vida, del afán de inmortalidad que aqueja a los seres fugaces, del peso de la conciencia de saberse mortal, en la que los personajes son movidos por ímpetus básicos para compensar su esencial finitud: el amor, la supervivencia, la postergación del exterminio, y que en la película alcanza su cenit, tanto en el encuentro del hijo pródigo de la ingeniería genética, Roy Batty, con su creador, el Dr. Tyrell, a quien termina por aniquilar (entre Dios y su hijo), y en el duelo final mortal entre el policía y el criminal (entre la ley y el infractor).
Obcecados y rudimentarios, los atribulados replicantes son precisos espejos de nosotros mismos. Inmunes al abstracto elixir de la inmortalidad, la impetuosa conciencia de la finitud biomecánica, nos abre a la profunda y sustancial carencia de tiempo, y a la siempre malograda lucha por la supervivencia, una lucha que, en su empecinada dramaturgia que precipita el advenimiento del patíbulo, representa la inútil postergación del ominoso final.
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